8 tácticas marketeras del año de Maricastaña que siguen funcionando en la era 2.0

El marketing es una disciplina que apila una larguísima retahíla de años sobre sus vetustos hombros. Y aunque en las últimas décadas ha protagonizado cambios de primerísimo orden, su esencia (la de convencer a la gente de elegir un producto concreto entre una amplia pléyade de artículos) sigue siendo la misma que en sus tiempos mozos.

De hecho, hay un buen puñado de tácticas marketeras que, pese a ser más viejas que Matusalén, continúan estando perfectamente vigentes en la nueva era 2.0. A continuación, de la mano de un post publicado en el blog de Hootsuite, viajamos al pasado para rescatar veteranas tácticas de marketing por las que parece no haber pasado el tiempo (a juzgar por su lozanía desde el punto de vista de la eficacia):

1. La publicidad que se cocina con investigaciones inteligentes y minuciosas sabe mucho mejor

David Ogilvy, considerado por muchos como el padre de la publicidad moderna, aseguraba que “los publicitarios que ignoran la investigación son tan peligrosos como los generales que ignoran la decodificación de las señales del enemigo”.

El afán de Ogilvy por colgarse del brazo de la investigación (que hoy sirven en bandeja los datos) queda retratado a la perfección en este legendario y estudiadísimo eslogan de los años 60 para Rolls-Royce.

2. Hay que aprender las normas para luego romperlas

Los publicitarios que se saltan a la torera las normas que una vez aprendieron tienen definitivamente más posibilidades de arrojarse en los brazos del éxito que quienes acatan todas las normas sin rechistar.

Bill Bernbach era perfectamente consciente de ello cuando allá por los años 60 hizo trizas las normas de la publicidad impresa con la campaña “Think Small”, en la que ponía el acento en la pequeñez (como característica positiva y rompedora a partes iguales) del mítico Volkswagen Beetle.

3. Es preferible no dar gato con liebre al consumidor

La reputada “copywriter” Helen Lansdowne Resor estaba convencida de que los textos publicitarios debían ser creíbles y huir de las argucias (recubiertas con una pátina de engaño) para conectar con el consumidor.

Su filosofía se reveló como extraordinariamente eficaz en sus “claims” para Woodbury Soap Company (“A skin you love to touch” y “Your skin is what you make it”), que permanecieron en circulación durante décadas.

4. Ir al grano (y dejarse de rodeos)

Resulta difícil imaginar que el célebre eslogan “I love New York” fuera inventado en la era pre-emoji. Creado por Jane Maas, este “claim” ha perdurado en el tiempo por su asombrosa sencillez totalmente huérfana de artificios.

5. Es preciso aderezar la publicidad con las imágenes adecuadas

La icónica campaña “My Goodness, My Guiness”, protagonizado por el atribulado vigilante de un zoo al que los animales roban con su sumo descaro su preciada cerveza Guinness, fue alumbrada por John Gilroy a finales de los años 20 y continúa siendo a día de hoy todo un ejemplo a seguir para quienes hincan el diente a la publicidad gráfica. ¿Su gran punto fuerte? El magistral uso que hace la tipografía, que ayudó a dar consistencia a la marca Guinness.

6. No hay “tallas únicas” en la publicidad

Tom Burrell, uno de los primeros hombres de color en recalar en la industria publicitaria de Chicago, fue consciente muy pronto de que su profesión estaba a todas luces peleada con la diversidad. Y para intentar plantar cara a este problema alumbró, entre otros muchos anuncios, una campaña para McDonald’s con el foco puesto en la comunidad afroamericana.

7. El contexto importa (y mucho)

En 1970 la marca de cerveza Schaefer publicó un anuncio en una revista de público mayoritariamente afroamericano cuyo eslogan (“1842. It was a very good year for beer drinkers”) fue objeto de encendidas críticas. Se da la circunstancia de que 1842 fue un año aciago para los esclavos negros al otro lado del charco y Schaefer, que no tuvo en cuenta este contexto, metió escandalosamente la pata (por no haberse tomado la molestia de investigar).

8. Hay que involucrar a la gente en la conversación

En 1950 la marca de tintes para el cabello Clairol consiguió trabar conversación con el consumidor en una época donde no había redes sociales y la comunicación entre marcas y consumidores era de carácter unilateral con un “claim” ya mítico: “Does she… or doesn’t she?”.

Un artículo publicado en Marketing Directo y, recibido vía Vallebro.com

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